En determinados contextos, la dinámica internacional se concentra alrededor de ciertos focos estratégicos en disputa. Actualmente, el Ártico se convirtió en uno de estos espacios de creciente tensión. En la región, confluyen una amplia gama de actores, entre los cuales se encuentran Estados Unidos, Rusia, China y demás países pertenecientes al Consejo del Ártico, como Finlandia, Islandia, Suecia, Canadá, Noruega y Dinamarca.
La disputa territorial entre los Estados involucrados tiene su fundamento en intereses vinculados a recursos energéticos y comerciales. Según el Servicio Meteorológico Nacional de Estados Unidos, esta región concentra alrededor del 15% de las reservas de petróleo y el 30% de las reservas de gas natural mundiales aún no explotadas. A ello se le suma una ventaja logística clave: las bajas temperaturas facilitan el transporte de gas natural licuado (GNL), el cual, mediante su proceso de licuefacción a -162 °C, reduce considerablemente su volumen, lo que permite su transporte por buques y disminuye la necesidad de invertir en gasoductos.

Sin embargo, la relevancia de este territorio no descansa únicamente en la extracción de hidrocarburos, si no que la región también se destaca como una de las más prometedoras en cuanto al acceso a recursos minerales estratégicos. Entre ellos se encuentran el cobalto, el litio y el níquel, recursos escazos con una alta demanda y creciente preponderancia a nivel internacional. De hecho, se estima que su geografía inexplorada es hogar de 43 de los 50 minerales catalogados como críticos por el gobierno de Estados Unidos.
Si bien los Estados comenzaron a identificar diferentes zonas de explotación de recursos claves en la nueva era energética, el Ártico presenta un factor distintivo: este territorio facilita las vías de comercio marítimo. El acceso progresivo a esta zona polar habilita una ruta alternativa que acorta un 40% los tiempos de viaje entre Europa y Asia, en comparación con el Canal de Suez. Este cambio no solo supone un ahorro económico significativo, sino también una disminución del consumo de combustible y una mayor capacidad anual de intercambio comercial.

Dado que estos recursos y oportunidades ya estaban presentes en el territorio, cabe preguntarse: ¿qué cambió en el escenario actual para convertirlo en un espacio esencial? La explicación radica en dos factores centrales.
El primero de estos factores es el deshielo. En la última década, un 13% del hielo ártico se derritió, alcanzando el nivel más bajo registrado en los últimos 47 años, lo que proyectado en el tiempo dejará navegable a gran parte de la superficie actualmente congelada.
El segundo factor es el desarrollo de nuevas tecnologías, como por ejemplo los rompehielos propulsados por reactores nucleares -entre ellos el Arktika, de origen ruso-. Estas innovaciones facilitan la navegación en la región y la explotación de recursos, lo que ha impulsado una carrera armamentista y tecnológica entre actores claves del sistema internacional, como Estados Unidos y China.
La bipolaridad del sistema internacional, que gravita entre Washington y Pekín, no hace excepción en la situación ártica. Desde el año 2018, China, en su “Libro Blanco del Ártico”, se definió a sí misma como un país “cercano” al territorio y manifestó su intención de incorporar, a su iniciativa “Ruta de la Seda”, la “Ruta Polar de la Seda”. Incluso, en el año 2025, la empresa Haijie Shipping inauguró el servicio comercial “Arctic Express”, que conecta múltiples puertos chinos con puertos europeos.
Estados Unidos, por su parte, dejó en claro un reciente cambio de perspectiva hacia el territorio. En la Estrategia de Seguridad publicada en el año 2013, el gobierno estadounidense definió al área como una “región pacífica, estable y libre de conflicto” donde buscaba “sostener el espíritu de confianza, cooperación y colaboración tanto internacionalmente como domésticamente”. En contraste, la Estrategia 2024 caracterizó al Ártico como “una región crítica para la defensa de la patria, la protección de la soberanía nacional de Estados Unidos y los tratados de defensa”, reflejando un cambio significativo respecto a la política anterior, centrada en el medioambiente y la protección a los pueblos indígenas.
Desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca en 2025 y bajo su lema “America First”, este enfoque se profundizó. El mandatario estadounidense advirtió en reiteradas ocasiones sobre la creciente colaboración entre China y Rusia en la zona ártica y, como consecuencia, la necesidad de Estados Unidos de protegerse a sí mismo. Desde la perspectiva norteamericana, la relación sino-rusa justifica la formulación de una estrategia competitiva orientada a proteger Alaska y a adquirir control sobre Groenlandia.
En consonancia con ello, el presidente Trump, en un intercambio con una periodista del medio Washington Post, comentó: “nosotros necesitamos Groenlandia desde una situación de seguridad nacional. Es demasiado estratégica. Actualmente, Groenlandia está cubierta con barcos rusos y chinos por todas partes”.
Sin embargo, como respuesta, el gobierno de Dinamarca insiste en que Estados Unidos debe cesar con las amenazas respecto de una eventual anexión de Groenlandia. El Servicio de Inteligencia danés, en su documento “UdSyn 2025”, declaró que “el aumento de la competencia entre grandes potencias en el Ártico ha incrementado significativamente la atención internacional hacia la región” y señaló que la potencia americana usa su poder económico para “imponer su voluntad” en el área.

En estas condiciones, la administración Trump dependerá de su capacidad de negociación con Dinamarca y sus demás aliados europeos para traducir sus declaraciones en hechos concretos y reposicionar al Ártico como su bandera. El territorio dejó de pensarse como un bien común para convertirse en un tablero de competencia en el que el bipolarismo China-Estados Unidos está más presente que nunca.
Sin dudas, el Ártico emerge como un espacio de creciente relevancia, impulsado por transformaciones climáticas y tecnológicas que habilitaron el acceso a recursos de alto valor estratégico. Sin embargo, tampoco hay dudas de que este proceso conlleva una enorme complejidad, dado que el acceso efectivo a dichos recursos sigue siendo dificultoso. Por ello, el Ártico es concebido como un juego de largo plazo. Si bien, por el momento no reemplazará al Canal de Suez como ruta principal, sus ventajas estructurales lo posicionan como un eje esencial de la dinámica internacional en los próximos años.
En la actualidad, no es un conflicto esencialmente armado; sin embargo, su evolución podría derivar en escenarios de mayor confrontación. El rumbo que adopte el Ártico dependerá, en gran medida, de la capacidad de los países involucrados para infl uir en la región y lograr una explotación efectiva de uno de los territorios más estratégicos del siglo XXI.
