El proyecto Chile-China Express (CCE) que busca unir mediante fibra óptica Valparaíso con Hong Kong detonó la mayor fricción diplomática entre Chile y Estados Unidos estos últimos años.
El Secretario de Estado, Marco Rubio, anunció restricciones de visa contra tres funcionarios del gobierno chileno por haber “comprometido infraestructura crítica y erosionado la seguridad regional”. La reacción no fue improvisada. Fue la expresión concreta del giro doctrinario que atraviesa hoy la política exterior estadounidense en materia de seguridad tecnológica.
La multinacional británica Inchcape Shipping Services (ISS) presentó avances del CCE a Puerto Valparaíso, iniciativa respaldada por el gobierno de Gabriel Boric. La obra contempla un enlace directo entre Valparaíso y Hong Kong con una capacidad anunciada de hasta 144 Tbps y una vida útil estimada en 25 años.
El punto crítico de todas formas no es la capacidad técnica. Es el control estratégico.
Desde 2017, China cuenta con una Ley de Ciberseguridad y una Ley de Inteligencia Nacional que obligan a empresas y ciudadanos a colaborar con los servicios de inteligencia del Estado. En la práctica, cualquier infraestructura operada o gestionada por entidades bajo jurisdicción china podría quedar sujeta a requerimientos de acceso a datos.
Para Washington, esto convierte al CCE en algo más que un proyecto comercial-civil.
La advertencia previa de Washington
Incluso antes de las sanciones, el embajador estadounidense en Santiago, Brandon Judd, expresó públicamente su preocupación tras reunirse con autoridades chilenas, incluida la ministra de Defensa. Argumentó que Chile ya desarrolla el Proyecto Humboldt, que conectará América del Sur con Sidney a lo largo de 14.800 kilómetros.
Desde la óptica estadounidense, el Proyecto Humboldt, con socios occidentales y estándares de seguridad compartidos, cumple la función de integración transpacífica sin introducir riesgos jurídicos asociados a Beijing.
Entonces la pregunta dejó de ser técnica, ¿por qué un segundo cable hacia China?
Durante su última visita a la Isla de Pascua, el presidente Boric respondió que “Chile es y será autónomo en las decisiones que tome”.
La Cancillería convocó al embajador Judd y cuestionó la forma pública del anuncio estadounidense, recordando la densidad histórica de la relación bilateral.
El Gobierno chileno sostiene que no discrimina proyectos por origen nacional y que la infraestructura digital debe evaluarse bajo criterios económicos y técnicos. Pero esa postura choca con la doctrina estratégica hemisférica que hoy guía a Washington.

La arquitectura ya existente y los nuevos corredores del Pacífico
El Cono Sur no parte de cero. En el Atlántico Sur, Argentina y Uruguay concentran múltiples aterrizajes en Las Toninas y Punta del Este, integrados a sistemas como Firmina, Malbec, Tannat y Atlantis-2, que conectan la región con Brasil, Estados Unidos, África y Europa. Esta malla ha consolidado una arquitectura predominantemente occidental, altamente integrada al ecosistema digital norteamericano.
En el Pacífico, Chile ya cuenta con enlaces hacia Estados Unidos y Centroamérica a través de sistemas como Curie, SAm-1 y Mistral, lo que garantiza redundancia y salida estable hacia el principal nodo global de datos. Es decir, la conectividad transpacífica indirecta ya existe y funciona.
La verdadera disputa se concentra en los dos corredores en desarrollo: el Proyecto Humboldt, que unirá Chile con Australia bajo estándares occidentales, y el Chile-China Express, que proyecta una conexión directa con Hong Kong bajo participación china. La diferencia entre ambos no es técnica ni de capacidad, sino de arquitectura de confianza, sentar un precedente para proyectos futuros y alineamiento estratégico.
El corolario Trump a la Doctrina Monroe y el fin de la indiferencia tecnológica
La administración estadounidense considera que los cables submarinos son infraestructura crítica equiparable a bases militares, satélites o redes eléctricas. En ese marco, el CCE no es visto como redundancia saludable sino como otro posible punto de penetración estratégica en el hemisferio occidental por parte de la República Popular China.
El problema no reside únicamente en la fibra óptica por sí sola, sino en los equipos de aterrizaje, los repetidores submarinos, el software de gestión del tráfico y, en el foco de la discusión, el marco jurídico que rige a sus operadores.
Si una empresa puede ser compelida legalmente por su Estado a entregar datos, la infraestructura se vuelve un activo estratégico.
La interconexión de redes implica que el tráfico de Argentina, Uruguay o Brasil se podría eventualmente enrutar por la vía más eficiente en términos de latencia o costo. Si el CCE se integra plenamente a la arquitectura regional, la discusión dejaría de limitarse solo al país trasandino.
Para Washington, permitir que China controle nodos críticos en el Pacífico y Cono Sur sienta un precedente hemisférico.
Redundancia técnica vs. competencia estratégica
Desde una perspectiva puramente tecnocrática, más cables implican mayor resiliencia ante cortes accidentales o sabotajes. Por otro lado, desde una perspectiva geopolítica, más cables implican más actores con capacidad de influencia estructural.
La diferencia entre el Humboldt y el CCE no es solo la ruta. Es la arquitectura de confianza.
El frente interno y la definición de alineamiento
El debate respecto al Chile-China Express también pone a la intemperie una fractura interna sobre el lugar de Chile en el sistema internacional.
La izquierda gobernante defiende la autonomía estratégica y la diversificación de socios, sosteniendo que la infraestructura debe evaluarse bajo criterios económicos y técnicos, sin sesgos geopolíticos.
La derecha por su parte advierte que en la actual competencia tecnológica global la neutralidad es cada vez menos viable. En su lectura, la infraestructura digital forma parte de la arquitectura de seguridad occidental, y el alineamiento claro con ese bloque es condición para preservar cooperación en defensa, acceso a tecnologías críticas y confianza estratégica. La derecha entiende que la neutralidad reduce la exposición inmediata, pero también limita las ganancias estratégicas. En el escenario actual, quien no asume riesgos difícilmente consolide ventajas.
El debate ya no es comercial. Es una definición de pertenencia. Y en un entorno internacional crecientemente polarizado, la indeterminación puede resultar más costosa que la toma de posición.
El conflicto por el Chile-China Express confirma que la infraestructura digital es el nuevo campo de batalla del poder global. El Pacífico Sur dejó de ser periferia estratégica. Es ahora un corredor crítico de datos, inteligencia y soberanía.
El cable no solo conecta Valparaíso con Hong Kong. Conecta (o fractura) dos andamiajes opuestos de poder. Y en esa decisión, Chile no solo define su conectividad, define su alineamiento en la incipiente Guerra Fría tecnológica.
