En el sistema internacional contemporáneo, la jerarquía entre naciones no se mide únicamente por el poderío militar o el tamaño de la economía, sino también por el concepto de poder blando, definido por Joseph Nye como la capacidad de un Estado para influir en otros mediante la atracción y la persuasión, no la coerción.
El Global Soft Power Index 2026 revela una tendencia estructural que sacude al llamado “bloque occidental”: una caída generalizada en la reputación de potencias históricas como Estados Unidos, Reino Unido, Francia y Alemania. En paralelo, Argentina ha escalado posiciones en los rankings globales de marca-nación de manera inédita. De la mano de un presidente de características tan particulares como las de Javier Milei, la imagen internacional de una economía crónicamente inestable se ha estado transformando en la de un referente de debates más profundos e inusuales en la arena política como la libertad económica y el rol del Estado.
“Argentina alcanza su clasificación más alta hasta la fecha en el puesto 37, un ascenso de +5 posiciones, la mayor ganancia entre todas las 50 principales naciones este año, reflejando el atractivo de la política del presidente Javier Milei entre audiencias globales clave”.
Como figura política que ha transformado el colapso existencial en un relato moral de salvación nacional contra una élite corrupta encarnada en «la casta», su estilo popular-libertario ha generado una fascinación global que se traduce en un aumento de la “Familiaridad” del país en los índices de marca-nación.
La percepción de Milei como una persona con elevada complejidad conceptual y apta para la resolución de problemas económicos son los cimientos de un liderazgo que se permite articular teorías de la Escuela Austriaca con un lenguaje directo y agresivo que resuena en redes sociales. Su imagen de «loco», término que él mismo abraza como símbolo de audacia, funciona como marca de autenticidad en un mundo político percibido como excesivamente artificial. El poder blando de Milei es, por tanto, un poder de atracción selectivo: seduce a inversores, tecnólogos y líderes del pensamiento liberal, mientras genera desconfianza en los organismos multilaterales y las cancillerías que operan bajo el consenso del progresismo global. Esta dualidad define tanto sus fortalezas como sus vulnerabilidades estructurales.
Ninguna estrategia de poder blando puede sostenerse a largo plazo sin resultados tangibles. La administración Milei ha fundamentado su proyección internacional en un programa de consolidación fiscal sin precedentes en la historia argentina moderna. La eliminación rápida y brutal del déficit primario, fuente de una de las tasas de inflación más altas, crónicas y volátiles del mundo —que aún se resiste a bajar— refuerzan el mensaje de que las reformas aparentemente radicales pueden llevarse a cabo si existe la voluntad política.
De forma acorde, la percepción de los mercados financieros globales viró positivamente. La significativa baja del riesgo país responde al hecho de una economía que pretende —y gradualmente comienza a— alejarse de un sendero auto-destructivo y tiene el suficiente potencial para vender al mundo una narrativa de eventual recuperación y crecimiento. La producción de crudo en Vaca Muerta se proyecta a superar el millón de barriles diarios para 2028 (Di Yenna et al, 2025), mientras que las exportaciones mineras han logrado superar el récord de los 6.000 millones de dólares en 2025 (2026). Hacia finales de 2025, el RIGI había canalizado propuestas por más de 33.000 millones de dólares a través de 22 proyectos, atrayendo a gigantes como BHP, Lundin Mining y Golar LNG. La capacidad de seducir a corporaciones transnacionales de primer nivel demuestra que el mensaje de desregulación y respeto irrestricto a la propiedad privada ha penetrado en los directorios más influyentes del mundo.
El beneficio más inmediato del nuevo posicionamiento es la apertura de puertas en los centros del poder geopolítico y tecnológico. La relación simbiótica entre Milei y Elon Musk —por mencionar tan sólo uno entre los empresarios globales con los que el presidente argentino se reunió en los primeros meses de gobierno— es un ejemplo paradigmático de cómo el poder blando personalista genera oportunidades estratégicas. Argentina posee la tercera reserva mundial de litio, componente esencial para las baterías de Tesla. Las reuniones de alto nivel en Texas y Nueva York han sentado bases para que Argentina sea considerada no solo un proveedor de materia prima, sino un socio en la cadena de valor tecnológica y en la conectividad satelital vía Starlink.
Además, la personalidad estridente y la audacia política de Javier Milei sin dudas contribuyeron a la consecución de un apoyo estadounidense más firme de lo que Mauricio Macri y Carlos Menem jamás lograron, y ello se volvió evidente muy temprano en su mandato con los encuentros Blinken-Mondino y sus participaciones en la gala de celebración de Trump en Mar-A-Lago en 2024 y el acto de asunción presidencial en Washington, D.C. —primer presidente argentino de la historia en ser invitado. La recibida de Bessent en Buenos Aires pocos días después del “Liberation Day”, los acuerdos con el FMI, el fenomenal salvataje del Tesoro estadounidense al gobierno argentino en un momento de crisis política-cambiaria, y el Acuerdo de Comercio Recíproco e Inversiones tienen a la geopolítica detrás, sí, pero la incondicionalidad de la alianza sólo se entiende si se incorpora la relación person al análisis, y así como el soft power del presidente Milei llamó la atención en Davos, también lo hizo en la CPAC y los EE.UU.
No obstante, comparte con Menem el riesgo del personalismo exacerbado y con Macri la fragilidad ante los desafíos de mediano plazo. Milei podrá contar con la atención de la audiencia empresarial internacional, pero la situación económica estructural de la Argentina sigue siendo preocupante. La radicalidad y verticalidad en los cambios de política exterior es un arma de doble filo al no garantizar la institucionalización de las transformaciones positivas, pretender imprimir un costoso e impredecible “borrón y cuenta nueva” en casi todos los planos, y arriesgar una alta erraticidad típica de un estilo de liderazgo discrecional.
El ascenso de Argentina en los rankings no se debe exclusivamente a la coyuntura política. El país posee un capital cultural sólido —literatura, cine, tango— que actúa como amortiguador ante las crisis, y el activo de poder blando más potente en la actualidad es el fútbol. La AFA fue calificada a fines de 2025 como la marca de fútbol nacional más fuerte del mundo (Cormack-Loyd, 2025). Los encuestados que siguen el fútbol argentino asocian al país con «crecimiento económico», «confiabilidad» y «facilidad para hacer negocios» en proporciones significativamente mayores que quienes no lo siguen (Moore, 2026). El gobierno ha intentado capitalizar este fenómeno promoviendo la conversión de clubes en Sociedades Anónimas Deportivas, buscando atraer inversiones internacionales y reforzar la marca-país mediante la mercantilización de sus activos deportivos.
Argentina ha logrado, bajo la conducción de Javier Milei, un reposicionamiento internacional que parecía imposible hace apenas un lustro. El ascenso en el Global Soft Power Index refleja a un país que ha dejado de ser percibido como una tragedia económica para convertirse en una frontera de reforma audaz. El poder blando de Milei ha sido extremadamente eficaz para atraer inversiones estratégicas, asegurar el apoyo de la principal potencia mundial y elevar el perfil nacional en un escenario global sediento de nuevos modelos de liderazgo, pero sería un error permitir que sus virtudes produjeran —tanto en el gobierno como en la sociedad— un “efecto complacencia” que paralice el ímpetu reformista o un peligroso alejamiento de la cruda realidad, que es que los problemas estructurales de la Argentina apenas se están comenzando a atacar y ni por asomo se han resuelto.
