Durante más de un siglo, la industria automotriz estuvo organizada alrededor del petróleo. Hoy, sin embargo, la electrificación del transporte está desplazando ese eje hacia un nuevo conjunto de recursos estratégicos: los minerales necesarios para fabricar baterías.
A diferencia del petróleo, que es un recurso de flujo, pues debe extraerse y quemarse continuamente para generar energía, los minerales son recursos de stock. Por lo tanto, una vez que se fabrica una batería de ion-litio para un vehículo eléctrico, esta puede funcionar durante años sin requerir más insumos de materia prima. En consecuencia, el poder radica en controlar no ya el flujo de energía, sino las fases críticas de la cadena de suministro de minerales estratégicos.
De esta manera, minerales como el litio, el níquel y el cobre, entre otros, se posicionan en el centro de la competencia industrial y geopolítica de los vehículos eléctricos. Por ello, los fabricantes de automóviles buscan asegurar un suministro estable y resiliente de minerales críticos para sostener la expansión de los vehículos eléctricos.
Esto está incentivando una revalorización estratégica de las regiones ricas en recursos naturales. Entre ellas, América Latina en general, y Argentina en particular, comienzan a emerger como uno de los actores con mayor potencial.
Industria de vehículos eléctricos
Según datos de la consultora Adamas Intelligence (Els, 2026), el valor de los minerales contenidos en las baterías de vehículos eléctricos vendidos en 2025 alcanzó aproximadamente 15.600 millones de dólares, un aumento del 11% respecto al año anterior. Durante el mismo año, las ventas globales de vehículos eléctricos e híbridos se acercaron a los 30 millones de unidades, lo que implica un crecimiento del 18% respecto del 2024; mientras que la capacidad total de baterías instalada superó por primera vez 1 teravatio-hora (TWh).
Para dimensionar el cambio, en 2021 la capacidad instalada era de apenas 286 GWh, evidenciando una cuadruplicación del mercado en apenas cuatro años (y aproximadamente 10 veces más que en 2019). En tal sentido, las automotrices ya no compiten únicamente por vender vehículos eléctricos, sino también por asegurar el acceso a los minerales que hacen posible su producción.

La batalla tecnológica de las baterías
Un factor central que determina la demanda de minerales es la tecnología utilizada en las baterías. Algunas automotrices, especialmente en China, utilizan baterías LFP (litio-hierro-fosfato), que no requieren níquel ni cobalto. Este es el caso de empresas como BYD, cuyos vehículos tienen un costo promedio de 247 dólares en metales por batería.
En contraste, muchos fabricantes occidentales, como General Motors, Volkswagen y Tesla, continúan utilizando baterías NCM o NCA, que sí contienen níquel y cobalto, lo cual encarece los costos, pero por otro lado mejora la autonomía del vehículo. En estos casos, el gasto en minerales puede incluso superar los 1.600 dólares por vehículo eléctrico, como es el caso de General Motors.
De esta manera, aunque el litio seguirá siendo indispensable para todas las baterías de ion-litio, la intensidad de uso de otros metales, especialmente níquel y cobalto, dependerá en gran medida de qué química se imponga en el mercado. Según proyecciones del Fondo Monetario Internacional y la Agencia Internacional de Energía (2023), para 2030 la demanda de litio podría multiplicarse por seis, las de níquel y cobalto se duplicarían, y la de cobre crecería más del 50% en el mismo período.
A diferencia del litio, que suele ocupar los titulares, el cobre es otro de los minerales más estratégicos en el contexto de la electrificación del transporte. Un vehículo eléctrico utiliza dos o tres veces más cobre que uno convencional, debido al cableado, los motores eléctricos, los inversores y los sistemas de carga.

Por otro lado, un asunto de considerable relevancia es que, de manera creciente, las automotrices exigen que los minerales utilizados se extraigan bajo estándares ESG (Ambiental, social y Gobernanza), con una huella de carbono mínima y respetando a las comunidades locales. Para que un vehículo eléctrico sea considerado «realmente verde«, su cadena de suministro debe garantizar que la transición energética no genere una degradación socioambiental.
Todo este escenario tiene implicaciones directas para América Latina.
Posibilidades de crecimiento para América Latina
Comenzando con el litio, los países del llamado Triángulo del Litio (Argentina, Bolivia y Chile) concentran algunos de los mayores recursos del mineral a nivel global. Según estimaciones del U.S. Geological Survey (USGS) en 2025, Bolivia posee aproximadamente 23 millones de toneladas de recursos de litio en su suelo, Argentina alrededor de 22 millones, y Chile cerca de 11 millones, equivalente a más del 50% del total global.
En términos de reservas (parte de los recursos que es técnica y económicamente viable de extraer), Chile cuenta con alrededor de 9,3 millones de toneladas y Argentina con 4 millones (Bolivia no reportó reservas oficialmente explotables). Ello supone una concentración cercana al 44% de las reservas mundiales, estimadas en unos 30 millones de toneladas (USGS, 2025).
Para el caso del cobre, Chile y Perú concentraron aproximadamente el 35% de la producción mundial en 2022 y en 2023; además de que poseían alrededor del 31% de las reservas globales del metal rojo para el mismo año, según estimaciones del USGS.
Asimismo, en los últimos años, el cobre ha comenzado a atraer una atención creciente en la República Argentina. Según estimaciones difundidas por la Dirección Nacional de Promoción y Economía Minera en 2025, Argentina posee 116 millones de toneladas de recursos de cobre y alrededor de 17,1 millones de toneladas de reservas, lo que equivale aproximadamente al 7% del total mundial. Si bien el país hoy no produce cobre a gran escala, si los proyectos que se encuentran en etapas de preproducción se encaminan hacia la producción en la próxima década, Argentina podría convertirse en un nuevo actor relevante en el mercado global del cobre.
Por lo tanto, para América Latina, y para Argentina en particular, esta transformación representa tanto una oportunidad como un desafío. En tal sentido, la región en general debe todavía afrontar estratégicamente el desafío de transformar su riqueza geológica en capacidad de desarrollo industrial y poder geoeconómico.
