Al sur del paralelo 60° se extiende la Antártida Argentina, un territorio reclamado por el país que abarca cerca de 1 millón de km², que son hasta 1,7 millones si se considera la plataforma continental extendida reconocida por ley nacional. Durante décadas fue considerada casi exclusivamente un santuario científico protegido por tratados internacionales. Sin embargo, bajo su capa de hielo de aproximadamente 2 kilómetros de espesor se encuentra un subsuelo que despierta un interés creciente por su posible contenido de recursos minerales y energéticos capaces de influir en el tablero geopolítico global. Ese potencial permanece hoy fuera de explotación debido al Sistema del Tratado Antártico y al Protocolo de Madrid, que prohíben la actividad minera, aunque el contexto internacional está cambiando a medida que la transición energética y la competencia por minerales estratégicos revalorizan regiones geológicamente prometedoras que antes eran consideradas remotas o irrelevantes.
Desde el punto de vista geológico, la Península Antártica no es un bloque aislado sino parte del mismo sistema que dio origen a la Cordillera de los Andes. Comparte con ella historia tectónica, intrusiones magmáticas y procesos hidrotermales propios del antiguo margen gondwánico, una coincidencia relevante porque, desde el punto de vista de la geología económica, ambientes formados bajo condiciones similares suelen generar tipos de depósitos minerales comparables.
Bajo esa misma lógica, resulta plausible que los procesos que originaron grandes distritos cupríferos sudamericanos también hayan actuado en territorio antártico, aunque hoy permanezcan ocultos bajo el hielo. Los pocos afloramientos accesibles muestran señales compatibles con esa posibilidad. En los Montes Merrick y Nunataks Copper se registraron vetas con hasta 1,0 % de cobre vinculadas a intrusivos de gran escala; en la Isla Greenwich aparecen valores cercanos a 0,8 % de calcopirita, mientras que el complejo Dufek presenta contenidos más modestos —entre 0,002 % y 0,011 % de cobre— con máximos de 0,2 % en rocas ricas en magnetita. El molibdeno suele presentarse por debajo de 0,005 %, aunque aumenta en zonas hidrotermales, y en la Costa Lassiter se midieron hasta 0,03 % de plata.
Para dimensionar estas cifras, varios yacimientos andinos actualmente en producción operan con leyes promedio de 0,5 % a 1,0 % de cobre. Algunos de los valores máximos observados en superficie antártica coinciden con esos rangos, lo que no implica la existencia de reservas comprobadas —los datos provienen de exposiciones aisladas sin perforación profunda— pero sí sugiere que el entorno geológico es compatible con sistemas mineralizantes de escala regional.
Además del cobre y sus metales asociados, también se detectaron indicios de níquel, cromo, manganeso y grafito, materias primas clave para baterías, electrónica avanzada y tecnologías de electrificación.

El interés no se limita al continente emergido. En el Mar de Scotia, sobre relieves submarinos y plataformas continentales, se han identificado costras ferromanganesianas formadas por precipitación química directa de metales disueltos en el agua de mar. Su crecimiento es extremadamente lento —del orden de milímetros por millón de años— pero a escala geológica genera capas de varios centímetros. Estas costras contienen aproximadamente 25–30 % de manganeso, 35–45 % de hierro, 0,5–0,6 % de cobalto, 0,3–0,4 % de níquel y cerca de 0,3–0,4 % de tierras raras. En tierra firme muchas minas de cobalto operan con leyes cercanas a 0,1–0,2 %, lo que sitúa a estos depósitos oceánicos dentro de rangos metalúrgicamente atractivos. Algo similar ocurre con las tierras raras: los contenidos registrados coinciden con los de proyectos sudamericanos en evaluación.
En este sentido, la magnitud espacial vuelve a ser determinante. El Mar de Scotia abarca superficies cercanas al millón de km², por lo que incluso si solo una fracción alojara costras explotables, el volumen total de metales estratégicos podría ser considerable. Estudios globales sobre depósitos análogos indican que este tipo de recursos podría multiplicar varias veces las reservas terrestres conocidas de ciertos elementos críticos. A diferencia de Sudamérica, donde la minería se concentra en yacimientos continentales, el potencial submarino antártico pertenece a una categoría de recursos que aún no tiene desarrollo industrial masivo en ninguna región del mundo.
Más al sur, en el Mar de Weddell, el interés se desplaza hacia el potencial energético. La cuenca contiene paquetes sedimentarios que superan los 5 kilómetros de espesor, comparables a los de márgenes productivos del Atlántico Sur y África austral. Evaluaciones geológicas estiman que sus sistemas de rift podrían albergar alrededor de 3,3 mil millones de barriles equivalentes de petróleo (BOE) aún no descubiertos, un volumen similar al de reservas totales de hidrocarburos de países productores medianos.
Sin embargo, el recurso más singular no es el petróleo convencional sino los hidratos de metano. Este recurso, considerado no convencional, consiste en compuestos sólidos formados por agua y gas bajo alta presión y bajas temperaturas que concentran grandes cantidades de energía en poco volumen: un metro cúbico puede liberar entre 160 y 180 metros cúbicos de gas natural. En márgenes continentales comparables se estiman acumulaciones potenciales del orden de billones de metros cúbicos, y la presencia de reflectores sísmicos característicos sugiere que el sistema de Weddell podría contener depósitos de escala regional. Aunque no existen perforaciones profundas que permitan cuantificarlos con precisión, los modelos geofísicos indican saturaciones de 10 a 15 % del volumen poroso del sedimento, valores equivalentes a los medidos en provincias de hidratos del Atlántico Norte y el Pacífico.
En términos de recursos, la cuenca podría constituir uno de los mayores reservorios potenciales de gas no convencional del planeta, aunque todavía se encuentre en una etapa exploratoria extremadamente temprana.
Actualmente, la Antártida está destinada a la investigación científica y regida por acuerdos internacionales que suspenden disputas territoriales. Ese esquema podría revisarse a partir de 2048, cuando el régimen vigente sea susceptible de renegociación si existe consenso entre los países firmantes. En ese contexto, la presencia científica permanente adquiere una dimensión estratégica: no implica explotación, pero sí generación de conocimiento geológico, y comprender el subsuelo equivale a disponer de información decisiva para el futuro. Argentina mantiene bases activas en la región, al igual que otras potencias que intensifican sus campañas científicas conscientes de que el valor del continente no reside solo en su ecosistema, sino también en su estructura geológica.
