Este domingo en Japón la coalición liderada por la primer ministro Sanae Takaichi obtuvo una mayoría abrumadora en las elecciones nacionales de representantes para la Cámara Baja de la Dieta Nacional, superando con holgura el umbral de dos tercios que permite impulsar todo lo que envíe al poder legislativo. Esta victoria no solo consolida a la primer ministro como el rostro de una nueva derecha japonesa, si no que legitima un mandato para recalibrar la relación con China, acelerar la agenda de rearme y reescribir los límites de la Defensa Nacional de la tercer economía del mundo.
En el plano interno, la campaña se apoyó en una narrativa de “Japan First” que combinó promesas de alivio fiscal, protección de la base manufacturera y fortalecimiento del poder militar frente a un entorno regional percibido como crecientemente hostil. Este giro sintetiza un cansancio con la etapa de estancamiento político y económico vivido desde el debilitamiento y muerte de Shinzo Abe y, al mismo tiempo, una voluntad de abandonar el rol de apéndice dependiente del paraguas de seguridad de otro.
Del pacifismo tutelado a la disuasión activa
Durante siete décadas, Japón funcionó bajo una arquitectura de seguridad externa, diseñada en la posguerra para contener su capacidad militar y anclarla a la alianza con Estados Unidos. El artículo 9 de la Constitución consagró el pacifismo y convirtió a las Fuerzas de Autodefensa en un instrumento estrictamente defensivo, más tolerado que afirmado explícitamente en el texto constitucional. Ese esquema comenzó a resquebrajarse con las leyes de seguridad de 2015 y la revisión de la estrategia de defensa de 2022, que habilitaron despliegues más amplios y presupuestos crecientes.
Ahora, el triunfo de Takaichi acelera este proceso e impulsa una agenda para dar base constitucional explícita a las Fuerzas de Autodefensa, introducir cláusulas de emergencia y transformar a Japón en un “Estado normal capaz de hacer la guerra”, sin renunciar formalmente al lenguaje pacifista.
La línea entre defensa y proyección de fuerza deja de ser un tabú jurídico para convertirse en un problema de diseño burocrático: qué capacidades desarrollar, qué misiones asumir, con qué aliados cooperar y en qué teatros potenciales.
El nuevo ciclo tiene una dimensión material clara: el despertar del complejo militar–industrial bajo la justificación de la disuasión. Japón ya venía aumentando su gasto en defensa, impulsando sistemas no tripulados, misiles de largo alcance e incluso un proyecto de cooperación para desarrollo de un caza de próxima generación junto con Reino Unido e Italia -Global Combat Air Programme. La administración Takaichi se propone ahora eliminar las últimas restricciones que limitaban la exportación de equipamiento militar a un puñado de categorías no letales.
Lo planteado entre el Partido Liberal Democrático (PLD) y su socio de coalición, el Partido de la Innovación de Japón, apunta al levantamiento de la regla que restringe las exportaciones a usos de rescate, transporte, alerta, vigilancia y dragado de minas, abriendo la puerta a la venta de sistemas de combate.
Además, se han flexibilizado las directrices para permitir que productos letales desarrollados en programas conjuntos puedan exportarse a terceros países aliados, con la mira puesta en un entramado de socios estratégicos que van desde Estados Unidos hasta Australia, incluyendo a varios países del sudeste asiático. El resultado deseado es una industria de defensa reactivada, integrada a cadenas de suministro aliadas y pensada como instrumento de influencia en el orden bipolar en gestación.
El programa de Gobierno de Sanae Takaichi también combina endurecimiento de las políticas hacia inmigrantes ilegales, legislación antiespionaje, la creación de una Agencia Nacional de Inteligencia que transorme la actual Oficina de Inteligencia e Investigación del Gabinete (CIRO) y el refuerzo de las capacidades de disuasión frente a China, con una fuerte apelación a la continuidad cultural y la disciplina industrial.
No se trata de restaurar un imperio, sino de dejar atrás la lógica del arrepentimiento permanente y de la subordinación tácita al marco diseñado en la posguerra.
En este movimiento,la alianza con Estados Unidos no desaparece, si no que se reconfigura en términos de mayor simetría en la carga de seguridad y de coordinación explícita en el frente Indo Pacífico. Esto es buscado tanto por Estados Unidos como por Japón.
La cercanía con la administración de Donald Trump, que presiona por un aumento del gasto militar japonés, funciona como catalizador de un nuevo eje soberano: menos globalista, más selectivo en sus interdependencias, centrado en la tecnología, la energía y la seguridad como núcleos duros.
Japón pasa a presentarse como pilar de un bloque civilizacional que busca reformar al globalismo institucionalista, pero sin renunciar al poder tecnológico y militar que ese mismo orden posibilitó.
El vecindario entenderá el mensaje con rapidez. China anticipa una prolongación del enfrentamiento estratégico, especialmente ante la negativa de Takaichi a moderar sus declaraciones sobre un eventual uso de la fuerza en un escenario de emergencia en Taiwán. Corea del Sur observa con ambivalencia el avance de una agenda de derecha dura en Tokio, que combina memoria histórica conflictiva con la necesidad de coordinación frente a la presión china y norcoreana. Para Washington, el salto de Japón hacia una postura más armada y autónoma supone al mismo tiempo alivio de carga y un desafío de gestión en una alianza que deberá convivir, en el largo plazo, con un socio menos dócil.
Japón abandona la máscara del pacifismo como identidad única y se muestra dispuesto a asumir el costo político, económico y moral de reingresar al sistema internacional como un actor completo, con capacidades de disuasión, agenda propia y voluntad de alinear su arquitectura interna con la lógica de un orden mundial de transición y en camino a una nueva bipolaridad.
La victoria aplastante de la derecha en Japón no es sólo un resultado electoral; es un probable punto de inflexión de un país -la tercer economía del mundo- que decide que ya no va a disculparse por existir y que volverá a buscar un rol protagónico regional.
